Advertencia
Escribir y publicar rompe la sacralidad del silencio con pedantería. Pretender que otro preste atención a mis ideas me provoca una vergüenza al límite del asco. Dejarlas pétreas en las páginas como si tuviesen algún mérito. Nada de eso, mis textos que se quemen. Por lo demás, todo texto desaparecerá eventualmente, al menos mientras este mundo y no otro los contenga. A otro perro con ese hueso de la eternidad literaria. A mí no vale la pena leerme. No sé muy bien qué es lo que escribo. Padezco de una duda paralizante, un escepticismo que embota y embrutece. Mis ideas son contradictorias, otras frívolas, las tengo también falsas y otras tan profundas, metafísicas y grandilocuentes que no he encontrado a quien no termine aburriendo. Yo mismo no logro sostenerlas más allá de los impulsos iniciales del entusiasmo de la novedad. No hay un sistema de pensamiento, hay un mamotreto de recortes eclécticos y variopintos. Un collage como viñetas de una tira cómica. No se trata ...